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Mi primera exposición: Pinturas de la Rubell Family Collection

Quedan ya pocos días para que la Fundación Banco Santander inaugure su exposición Pinturas de la Rubell Family Collection, y la emoción de la cuenta atrás se palpa en el ambiente. El día 10 de febrero, la Sala de Arte abrirá sus puertas para ofrecernos una muestra de 68 obras pertenecientes a la colección de la Familia Rubell −una de las colecciones de arte contemporáneo más importantes del mundo− que, hasta el 17 de junio, tendremos el privilegio de exponer en la Ciudad Financiera de Boadilla.

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Ahora bien, una exposición no es tan sencilla como aparentemente parece. Para mí, que siempre había desempeñado el papel de mera espectadora, una exposición de arte consistía en una serie de pinturas, esculturas, etc. que podían gustarme en mayor o menor medida. Y ahí acababa toda reflexión acerca de ello. Sin embargo, ahora que lo conozco desde dentro, tengo otra concepción radicalmente distinta de lo que es una exposición de arte, y soy consciente de todo el trabajo que lleva detrás.

Debido a que mi periodo de prácticas empezó hace escasos dos meses, no puedo hablar de la organización ya que, para bien o para mal, me perdí ese paso. Yo llegué en plena fase de diseño de los catálogos, los folletos, la publicidad y las invitaciones: dos meses trabajando, comentando y leyendo acerca de unos cuadros que sólo podía ver a través de una imagen de ordenador. Y por fin, el jueves pasado, llegaron a Madrid esos cuadros que todos conocemos en la Fundación y que se han convertido en una parte tan importante de nuestras vidas. Al abrir la parte trasera del camión en el que llegaron a la Sala, después de un viaje de casi una semana desde Miami hasta Madrid, me inundó una mezcla de nerviosismo, alivio y fascinación mientras contemplaba como descargaban esas cajas, aparentemente corrientes, pero que guardaban en su interior los preciados tesoros de la Familia Rubell.

El culmen llegó, sin embargo, el lunes siguiente. Esa mañana se iba a proceder a la apertura de las cajas y en la Sala reinaba una sensación de inquieta expectación. A las 10 de la mañana, cuando estuvo todo preparado, comenzamos a abrir las primeras cajas. Cada uno de los presentes actuábamos en perfecta armonía, desempeñando el papel que teníamos asignado, como si fuéramos los bailarines de una coreografía que habíamos interiorizado previamente. Una por una íbamos abriendo las cajas e íbamos sacando los tesoros que contenían. Con cada nueva caja, surgía una nueva emoción, ¿qué cuadro sería esta vez? ¿Un Matthew Day Jackson? ¿Un Murakami? ¿O quizá el de Andy Warhol? Me sentía como el niño que, en el día de su cumpleaños, rasga nervioso el papel que cubre sus regalos y, con cada paquete, va descubriendo nuevas sorpresas con las que jugar.

Mientras escribo, de nuevo en la sede de la Fundación, no paro de pensar en el jueves, día en que vuelvo a la Sala para proseguir con el montaje de la exposición. Para acortar la espera, miro los cuadros en el ordenador y recuerdo lo que sentí al verlos en vivo, cuando impresionada pude apreciar la magnificencia y las peculiaridades que los caracterizan como verdaderas obras de arte.

Neila López Sánchez. Fundación Banco Santander